Opinión de Víctor Ulín
Desde El Búnker
Lunes 22 de junio de 2026.- Guadalajara es hoy una enorme cancha. Del Estadio Guadalajara, en Zapopan, a la Plaza de la Liberación. Los gritos y las olas atraviesan casas, calles. Las puertas para entrar al “Estadio” están repartidas por toda la ciudad. Bastan las ganas de gritar y saltar. Ponerse la verde que venden en la esquina, pintarse las mejillas y volver a ser hincha.
Donde los políticos siguen viendo murallas de metales en los alrededores del Centro Histórico, los aficionados ven una portería con una barrera que un buen pelotazo vence al portero. Y los vemos saltando sobre las barreras de metales que alguien pensó que podría detener el flujo de la gente. Si somos capaces de caminar de rodillas en la Romería, entre miles de peregrinos, para acompañar a la Virgen de Zapopan en su periplo, unas cuantas barras de metal no nos separan.
Aquí el Mundial de Fútbol es doblemente religión. La fe tiene doble cimiento. Lo vimos en la atajada a una mano del Tala, en el partido jugado contra Corea del Sur.
Aquí los milagros tienen dos oportunidades. La gente que no pudo ni podrá entrar a presenciar los partidos en el Estadio Akron, hace su propio Mundial. En el Fan Fest los aficionados desbordan la pasión que en el estadio es apenas una tímida señal.
Acá frente a la Catedral Metropolitana y el Palacio de Gobierno está la verdadera fe de los miles que gritan el gol, lamentan la falla del jugador mexicano, del coreano o colombiano.
Acá en el cemento hay un estruendo desenfrenado de la gente sin boleto. La que se pone a bailar en la plaza, la que para en la taquería o en un local para comerse una torta ahogada o una birria.
-¡Viva México!
La exclusiva del mundial está en las calles. Ahí está el reportero con el micrófono que le pide a la gente una opinión sobre lo que ha visto.
No hay lugar que el Mundial de a pie no alcance. En el Mercado San Juan de Dios y el Corona también caminan los extranjeros que han dejado de sentirse extraños. Abrazados por la gente donde se paran a preguntar un precio sobre algo.
-¡Hermano, Coreano, ya eres mexicano!
Hay tapatías que dejaron en casa el pudor y ofrecen los besos al coreano que ha vivido siempre en el mundo equivocado. Y que abre los ojos para ver ese mundo en que ha re nacido. Lo bautizan con un Tequila que le santifica la sangre y lo exorciza.
Aunque luego de que le ganamos, no pudimos ocultar nuestra identidad: ¡Coreano, hermano, probaste el chile mexicano!
No hay vacíos ni nadie que no sea tocado por la pelota que sigue rodando. Miles de cuerpos que van y vienen de Guadalajara a Zapopan, en carro, metro bus, Uber, o llegando al aeropuerto protegiendo su boleto como si fuera la última gota de oxígeno que le queda. Que hacen que parezca un eterno domingo futbolero.
El Mundial tiene muchos cuerpos y caras. Ninguna puede ser maquillada. Todas están aquí: unos sentados cómodamente en el palco que está a un costado de Infantino, hasta el niño que ondea su bandera mientras ve en la televisión de su casa o en algún local del Centro el gol de Romo que había cumplido su promesa a la novia.
Con tres epicentros del Mundial en México ( Ciudad de México, Monterrey), Guadalajara parece el corazón que bombea los estadios y esparce su sangre a lo largo y ancho de esta ciudad de contrastes.
Aquí el Mundial de los sin boletos tiene su sede.
Aquí los aficionados son devotos. Amanecen adorando a los seleccionados en el hotel o la televisión, y luego van a la Iglesia a pedir el favor para que ganemos y pasemos a la siguiente fase. Ese bendito quinto partido.
¿Quién se acuerda ya de los boletos?

