Alberto Osorio
Miércoles 01 de abril de 2026.- Su muerte es como una de esas historias que sacuden al barrio y nos hacen reflexionar sobre la fragilidad de la vida y el momento trágico de la despedida. José Refugio Torres era un músico empírico; a corta edad aprendió a tocar varios instrumentos sin que nadie pudiera ubicarse como su gran maestro.
Conocido como Cuco o “El Cuñao”, él fue un hombre que llegó a temprana edad a la colonia Arboleda Infonavit, en la parte norte de Zapopan, entre Santa Margarita, San José del Bajío y La Tuzanía.
“Cuco” era uno de los muchachos que llegó al barrio de una colonia obrera, de las muchas que inauguró en su mandato el polémico presidente, Luis Echeverría Álvarez, cuando ese político se presumía como el gran líder de los países del tercer mundo y cuando todavía estaba fresca en la memoria de muchos mexicanos la masacre del 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas, en la Ciudad de México. Para amplios sectores de la población, Echeverría era el responsable de la muerte de decenas de estudiantes, y a quien siempre vieron detrás la figura del siniestro expresidente, Gustavo Díaz Ordaz.
Pero en Jalisco toda esa página tenebrosa pasó desapercibida y fue casi ajena para muchos de los obreros y sus familias que fueron beneficiados con un crédito del Infonavit y con la entrega de las casas nuevas, de una planta o dos pisos.
La colonia Arboleda, en realidad, fue una unidad piloto que hasta la fecha cuenta con un gran camellón rodeado de árboles gigantes conocidos como los eucaliptos. La colonia se fundó en una pequeña parte de lo que en algún momento fue el Camino Real a Tepic.
Algunos de los hombres viejos de San José del Bajío o de Santa Margarita decían que esa zona era sembradío de maíz y que en varios de los árboles gigantes de La Arboleda terminaron algunos hombres colgados en los tiempos de la Cristiada o de la Revolución.
Todavía en los años setenta, en el centro de la colonia, al lado de la famosa pilita o la fuente, uno de esos grandes eucaliptos mostraba en la parte alta, entre sus ramas, la imagen forjada en una vieja lámina de la Virgen de Guadalupe, como una señal inequívoca de los rastros de la confrontación entre federales y civiles o defensores de la creencia religiosa.
La Arboleda fue desarrollada bajo el concepto de una unidad habitacional pensada bajo una idea ambientalista. Sus calles eran recubiertas de asfalto; también tenían una parte de empedrado para permitir la rápida filtración del agua de lluvia. La colonia, además, fue dotada con un edificio que operaba como centro social o salón de usos múltiples; ahí se impartían clases de gimnasia, baile folclórico, teatro o karate. Además, esa unidad habitacional contaba hasta con una biblioteca de uso comunitario.
En los setenta, ahí llegaron las familias de muchos trabajadores de la fábrica textilera de Atemajac y de La Experiencia, algunos conductores del transporte público, obreros de la Coca-Cola o de la Comisión Federal de Electricidad o empleados de una fábrica de balones ubicada en Zapopan, donde se producían unos tenis imitación Converse, que acá se llamaban Voc.
Para casi todos los obreros beneficiados, obtener una casa del Infonavit en las décadas de los setenta fue como sacarse la lotería.
Ahí fue donde llegó Cuco. Él era hijo de Canuto Torres, un chofer del transporte público, al que todos en el barrio le decían don “Canu”, un hombre oriundo de Sonora, el mismo que ideó un tipo de asiento tejido por él mismo con un plástico elástico que le permitía al chofer de cualquier camión tener ventilación permanente en la espalda y las nalgas, en un asunto que resultaba ser muy confortable en los días de intenso calor.
Cuco era de los hijos más chicos de don Canu. Su familia llegó a La Arboleda procedente de la villa de San Pedro Tlaquepaque. Desde su llegada a La Arboleda, José Refugio se convirtió en el líder de un grupo de adolescentes ansiosos por comerse el mundo a pedazos.
Cuando Cuco arribó al rumbo de la calle Manzanos, él ya sabía tocar guitarra; esa era su gran pasión y, tras ella, arrastró a cerca de una docena de escuincles y jovencitas, quienes se acostumbraron a verlo como una especie de hermano mayor.
Entre ellos estaban Javier Flores, Fernando Rendón, Francisco Díaz, Alberto, Clemen Méndez, Ángel Díaz, Luis, Martín y Leticia Flores. Lety, a la postre, se convirtió en su esposa; ella fue la persona con la que vivió hasta el final de sus días.
En los primeros años de la inaugurada Arboleda, eran pocos los carros que circulaban por sus calles ondulantes, y ese grupillo de escuincles escogía el entorno de una alcantarilla para tocar la guitarra y cantar hasta entradas las horas de la madrugada y molestar a los vecinos.
Con el paso del tiempo, Cuco aprendió a tocar el bajo y los teclados. En la década de los ochenta, Cuco se fue a Los Ángeles y estuvo en calidad de migrante por varios años. Cuando volvió, ya todos eran un grupo de jóvenes de facultad o saliendo de la prepa.
Cuco regresó con una radiograbadora, que era la fascinación de todos los muchachos que tocaban guitarra y “aullaban” por las noches. Algunos de ellos hicieron de ese artefacto su estudio ambulante de grabación. Era la gran sorpresa: podían escuchar el timbre de su voz y saber si sus guitarras estaban desafinadas o sonaban bien.
El diez de mayo, Día de las Madres, Cuco llevaba la batuta en la organización de las mañanitas para las madres del barrio. Con el paso del tiempo, se convirtió en uno de los principales precursores de un grupo de música versátil.
Casi 50 años después, el día de su fallecimiento, Cuco vivió un preinfarto en la misma calle que muchas veces lo vio feliz y gozando de la amistad de sus amigos y de la música.
¿Cómo olvidar que, cuando regresó de Estados Unidos, él traía en su cabeza la música de Creedence y la tocaba bajo una versión “tropicalizada”, pero en forma rítmica y contagiosa?
¿Quién lo iba a creer? El preinfarto que sufrió Cuco ocurrió a unos cuantos metros de la famosa alcantarilla, esa que era como una especie de estudio musical para él y sus amigos.
Cuco cayó al suelo en plena calle de Manzanos, un día cuando la ciudad vivía metida en la conmemoración del Domingo de Ramos, previo a la Semana Santa del año 2026.
Su esposa, Leticia Flores, relató todo con una sola frase: “Se fue sin avisar”. Y muy cierto, nunca estamos preparados para la muerte, y menos para ver partir al ser más querido.
Eterno descanso para ti, amigo Cuco.

